viernes, 11 de mayo de 2012

Catalanes en Extremadura (1763-1872) [II]: Los comerciantes


Abordamos la segunda entrega del escrito del Catedrático de Historia Moderna de la Universidad de Extremadura, Miguel Ángel Melón, en la que hace referencia al asentamiento de diversas familias catalanas en la ciudad de Cáceres en las medianías del siglo XVIII. El capítulo que publicamos hoy es el dedicado a los comerciantes.

Se ha de partir de la consideración de que, como hace algún tiempo advirtiera A. García-Baquero, “un comerciante es un concepto vago e indeterminado que encubre un conjunto de actividades económicas muy rico y complejo”, y que su perfil sociológico abarca una amplia gama de posibilidades que va desde, quienes teniendo establecida casa de comercio, exponen en sus anaqueles géneros de la más variada índole y procedencia, hasta aquellos que añaden a sus tráficos los productos agropecuarios e intervienen en los mercados crediticios, de la tierra y de la propiedad inmobiliaria. El comerciante catalán de Cáceres responde, en términos generales y prescindiendo de su condición de fabricante, a la figura del clásico “formigueig” del siglo XVIII descrita por P. Vilar: “comerciante, financiero, arrendatario, industrial, propietario agrícola; ningún terreno parecía estar vedado a la iniciativa de un hombre que con cierto capital disponible, poseía el típico temperamento de empresario”.
Plano de Cáceres en el siglo XVIII
En este sentido, los inventarios post-mortem realizados por los comerciantes catalanes en Cáceres descubren la existencia en el grupo de tres “modelos”, según la composición de sus fortunas y la orientación de sus negocios. El primero, que bien pudiera identificarse con Antonio Vilanova, Juan Busquet o Jaime Ferrer y Segura, define a los comerciantes en géneros de tienda, pero que no dudan en realizar tímidas incursiones en el mercado crediticio y otras más considerables en el de la propiedad inmobiliaria. El segundo, cuyo paradigma encarnarían los Segura Soler, añade a los productos de tienda el comercio de cereales, ganados y lanas, a la par que amplía las bases de los mercados de capitales, bienes raíces e inmuebles urbanos. En el tercer modelo, identificado con Miguel Calaff, se advierte un alejamiento de la diversificación operacional que suponen los ejemplos anteriores para concentrar su atención en el tráfico lanero y las operaciones bancarias, al tiempo que se acentúa su condición de gran propietario de inmuebles urbanos y propiedades rústicas.
Fuera del ámbito local y de los mercados y ferias regionales, tres eran los circuitos de intercambios hacia los que orientaban sus preferencias los catalanes de Cáceres: los puertos andaluces y portugueses del Atlántico, el litoral mediterráneo y los mercados castellanos del interior. De los primeros se servían para dar salida a los productos extremeños -la lana, sobre todo- y para recibir los que desde su tierra de origen y las regiones levantinas les remitían fabricantes y comerciantes de Barcelona, Tarrasa, Igualada, Sabadell o Alcoy, así como los provenientes del mercado colonial. Esto les permitía, según se advierte en las minuciosas relaciones de productos que incorporan a los inventarios, tener bien y puntualmente surtidos sus estantes y trastiendas de toda clase de tejidos y ultramarinos. Madrid, por su parte, adquiría una cuádruple dimensión en la articulación del mercado interior peninsular: allí cristalizaban todos los grandes negocios relacionados con la administración; era el centro bancario por excelencia; generaba su población una demanda de proporciones considerables, y actuaba como punto de redistribución de las más diversas producciones y de encuentro entre mercados aparentemente inconexos. De su condición de proveedores de la administración no quedan huellas en Cáceres, pero sí de su proceder como prestamistas y de sus tráficos en ganados y cereales remitidos a ese ente cambiante y multiforme en que se estaba convirtiendo la capital del reino.
Hacia dónde orientan los capitales obtenidos de sus tráficos mercantiles; qué estrategias inversoras realizan y cómo van dando forma a sus patrimonios, son cuestiones a las que se pretende dar respuesta mediante el análisis pormenorizado de los inventarios de cuatro significados representantes de la diáspora comercial catalana que acoge Extremadura.
Inventario de dos comerciantes catalanes de Cáceres. Valor en reales.
Es relativamente temprano el interés de los catalanes por el mercado inmobiliario; prueba de ello fue su febril aplicación como adquirentes de inmuebles y la construcción en Cáceres de barriadas enteras a las que dieron sus nombres y que se conservan aún en la actualidad (Barrio de Busquet, Barrio y Calle de Calaff). Interés que se vería favorecido por unas condiciones muy concretas, referidas al incremento paulatino de los precios de los alquileres y a la flexibilidad legislativa vigente en la capital en materia de arrendamientos urbanos. Dicha tendencia se acrecentará a medida que avance el siglo XIX y coincidirá, por otro lado, con la expresada por otras burguesías decimonónicas peninsulares.
Respecto a las propiedades rústicas, sus valores se sitúan muy por debajo de los inmuebles urbanos y sólo las de Valentín Segura constituyen una excepción a este aserto, resultado de incluirse en el total el valor de algunas fincas que aún poseía en tierras catalanas. De ellas -como no podía ser de otra forma- las participaciones en dehesas o su adquisición en redondo, junto con los olivares, centran su atención. Se trata de propiedades compradas a lo largo de cuatro períodos muy concretos y que coinciden con las desamortizaciones de Godoy y Mendizábal, la Guerra de la Independencia y el Trienio Liberal. En un segundo plano se encontrarían las viñas, tierras de sembradura y huertas, de las cuales se extraían unas producciones cuyo destino serían sus casas y ganados, pero también los abastos de la capital y de otros puntos más alejados. Es así como, al morir Valentín Segura, los herederos computan en el cuerpo de sus bienes la siembra de 147 fanegas de trigo en diferentes tierras de pan llevar, 148 de cebada, 70 de avena, 19 de centeno, 2 de cebada blanca y 6 de centeno para forraje; a ellas venían a sumarse 1.606 fanegas de trigo, 1.223,5 de cebada, 8 de centeno y 12 de habas, almacenadas o distribuidas entre las panaderas de Cáceres. Bastantes años después, la relación de bienes de Miguel Calaff y Ferrer incluye 592 fanegas de trigo, 300 de cebada, 481 de avena, 86 de centeno, 700 arrobas de aceite y otras 200 de vino.
Como parte complementaria de sus haciendas y tratos se consideran los bienes semovientes, cuya aparición en los inventarios acapara casi en exclusiva Valentín Segura, dado que los valores que refiere el de Miguel Calaff se limitan a la evaluación del ganado mular para el transporte. El primero era propietario de un rebaño lanar formado por 110 carneros padres, 750 borros y 1.196 ovejas de vientre, con sus correspondientes aperos de majada; para la labor de sus tierras contaba con 26 bueyes y para el transporte de sus mercancías con 28 caballerías mayores. Las dimensiones de su cabaña ovina pueden resultar pequeñas si se comparan con las de otros ricos laneros cacereños como los García Carrasco, quienes en su época de máximo esplendor llegaron a contar con algo más de 21.000 cabezas, pero son testimonio de la diversificación que paulatinamente iban dando los catalanes a sus economías y de la creciente acomodación que de sus prácticas habituales estaban realizando al entorno geográfico y económico en que se encontraban.
La solvencia de estos comerciantes y de las compañías de comercio que regentaban les convirtió pronto en auténticos banqueros que obtuvieron crecidos beneficios del mercado crediticio en los momentos críticos por los que atravesó la economía extremeña y nacional durante el siglo XIX. Nobles venidos a menos, ganaderos serranos endeudados como consecuencia de la crisis de las explotaciones trashumantes durante el primer tercio del siglo XIX, banqueros o comerciantes arruinados y gentes del común iban a ser sus principales clientes y a generarles una saneada fuente de ingresos cuya importancia se acrecentaría a medida que transcurría la centuria. Las diferencias en esta materia entre el cuerpo de deudas reconocido por los sucesores de Antonio Vilanova, Valentín Segura y Miguel Calaff son enormemente significativas. El inventario del primero reconoce haber concedido créditos por valor de 27.238 reales, repartidos del siguiente modo: 2.798 reales en deudas “de más fácil y probable cobranza”, 5.519 reales en deudas “de más difícil cobranza, y 18.921 reales en deudas “incobrables o fallidas”. Valentín Segura, por su parte, además de expresar mayor seguridad en cuanto al cobro de los capitales prestados, cuenta entre sus deudores a vecinos de varias localidades altoextremeñas y de Cáceres, a los que se añadirían los créditos que su sociedad había otorgado a vecinos y comerciantes de Madrid, Andalucía y Levante, o procedían de sus relaciones comerciales con industriales catalanes como Gali y Viñals, José Mauri (de Tarrasa), y Gabriel y Ramón Castells (de Igualada). Calaff, finalmente, ha llegado a crear una compleja red de intercambios en la que se entremezclan casas de comercio y de banca de Madrid, comerciantes andaluces y catalanes, laneros y ganaderos trashumantes de Extremadura y Castilla, vecinos de Cáceres y sus pueblos comarcanos y fabricantes de núcleos textiles como Torrejoncillo o Covilha (Portugal).

miércoles, 9 de mayo de 2012

Catalanes en Extremadura (1763-1872) [I]


El catedrático de Historia Moderna de la Universidad de Extremadura, Miguel Ángel Melón Jiménez, lleva muchos años interesado en el estudio de la presencia de comerciantes catalanes en Extremadura, en especial en Cáceres, a lo largo de los siglos XVIII y XIX. Una de sus primeras aportaciones al tema fue su colaboración en el volumen colectivo Els catalans a Espanya, 1760-1914 (M.T. Pérez Picazo, A. Segura, L. Ferrer, eds.), Universitat de Barcelona/Generalitat de Catalunya, Barcelona, 1996; con un artículo que llevaba por título Catalanes en Extremadura (1763-1872).

Miguel Ángel Melón.
Conozco a Miguel Ángel Melón por motivos profesionales, además de tener amigos comunes. En diciembre de 2009 coincidí con él en el primer, y hasta ahora último, encuentro Extremadura y Catalunya. Los extremos se tocan, celebrado en Alcántara, bajo la dirección de Ignacio Sánchez Amor, actual diputado en el Congreso por el PSOE, con la colaboración de la Universidad de Extremadura y de la Fundación San Benito de Alcántara.
Por su interés, y por entrar de lleno en la filosofía y objetivos divulgativos de este blog, voy a reproducir, con autorización de su autor, el artículo en cuestión. Apellidos como Calaff, Busquet, Segura o Vilanova, forman parte de la nómina de familias catalanas que se asentaron en Cáceres, pasada la mitad del siglo XVIII. Patronímicos que, en algunos casos, han pasado a integrarse en el contexto cultural de la propia ciudad.
Dada la extensión del artículo, lo ofreceremos en varios capítulos, según las distintas actividades a las que se dedicaron estas familias (comerciantes, compañías de comercio y laneros). Asimismo dedicamos este primer capítulo, tanto a la introducción de la serie, como a la del propio artículo. El texto correspondiente a la publicación hecha por Miguel Ángel Melón, se reproduce a continuación en un tipo de letra diferente, para que no haya dudas sobre su autoría.

Primeras referencias de Publio Hurtado
 
Obras recientes en el Barrio Busquet de Cáceres
No sin sorpresa y cierto grado de admiración, sea por lo novedoso del tema o lo peculiar de sus comportamientos, refieren las crónicas locales cacereñas la llegada al lugar de un grupo de catalanes, allá por los inicios de la década de los sesenta del siglo XVIII. A Publio Hurtado, el erudito cacereño por antonomasia, se deben las primeras notas sobre tan particular diáspora: “Natural de Copóns, perteneciente al partido judicial de Igualada, en la provincia de Barcelona, fue D. Juan Busquet y Soler, comerciante, que se instaló en Cáceres en el segundo tercio del siglo XVIII y fue el establecimiento de su género más acreditado y fastuoso de la localidad”; de los hermanos José y Miguel Calaff, oriundos también de Copóns, “a quienes por esta procedencia llamaban los Catalanes”, afirmará que “disponiendo de buen caudal y activos como todos los de su país natal, se colocaron pronto a la cabeza de los capitalistas cacereños. Trapos, lanas, caldos, cereales...en todo negociaban, y su crédito crecía, en razón directa de su actividad”; de los Segura, fundadores de una entidad comercial “de las de mayor y merecido crédito de Extremadura”, dirá que “ampliando el campo de sus operaciones, traficaron en lanas, caldos, cereales...tuvieron labor y ganadería, y representaron un papel importante en la vida económica de la localidad, habiendo emparentado con los Busquet, los Calaff, los Donoso Cortés, los Carbonell y otras familias tan acreditadas”.
Escuetas, pero inteligentes, las anotaciones de Publio Hurtado permiten adelantar los perfiles generales de estos comerciantes y los sucesivos estadios a través de los cuales desarrollaron su actividad económica. Entre 1763 -año en que registran los protocolos notariales la adquisición de una casa por Juan Busquet- y el año 1872, en que decidió inventariar sus bienes Miguel Calaff, transcurre algo más de un siglo y cuaja una de las más extraordinarias configuraciones como grupo social que se detecta en la historia de Extremadura. El fenómeno, por los datos de que se dispone hasta la fecha, parece circunscribirse a la ciudad de Cáceres, lo cual no es gratuito si se tiene en cuenta el argumento expuesto por C. Martínez Shaw y R. Fernández, en el sentido de que durante el siglo XVIII Lisboa llegó a convertirse para el comercio catalán en “plataforma de lanzamiento” hacia los mercados europeos, en tanto que punto de encuentro con las colonias portuguesas y escala en el comercio con los Países Bajos e Inglaterra. No resultaría, pues, excesivamente arriesgado sugerir que este constituye uno de los motivos que impulsaron a los catalanes a elegir Cáceres como enlace o puente intermedio capaz de dar mayor agilidad a las redes comerciales que unían Cataluña con la capital portuguesa.
Sobrios, austeros, con un gran sentido de pertenencia a un grupo y muy poco dados a veleidades fuera de él, los catalanes que recalaron en Extremadura no tardaron en acumular unas sólidas fortunas y contribuir, junto con otros inmigrantes, a sentar los pilares de una burguesía de los negocios de cuyo seno emanaron muchas de las principales directrices bajo las que se rigió el siglo XIX del occidente peninsular. A todos ellos y a analizar las empresas que promovieron, la actividad que desplegaron y las distintas alternativas que introdujeron en la economía extremeña, están dedicadas las páginas que siguen, (que se corresponden con los próximos capítulos que publicaremos).

miércoles, 2 de mayo de 2012

Luis Cidoncha, un emeritense pionero en dar clases de catalán en Santa Coloma


En septiembre de 1962, pronto hará 50 años, Luis Cidoncha Román, un emeritense nacido en 1944, emprendió el camino que le llevaría hasta la que es su localidad de residencia hasta el día hoy, Santa Coloma de Gramenet, en la periferia de Barcelona, al otro lado del río Besós. La razón que le motivó a realizar este traslado fue la misma que la de miles de extremeños que dejaron su tierra para instalarse en Catalunya: buscar un trabajo. Allí se asentó y se integró, hasta el punto de ser pionero en la enseñanza del catalán.

Luis Cidoncha.
Luis Cidoncha es un personaje interesante por diversas razones. Unas relacionadas con su trayectoria profesional en Catalunya y otras por la forma en la que ha mantenido la relación con su tierra extremeña.
Entre las primeras hay que mencionar sin duda su vinculación con la docencia en catalán, como él mismo explica cuando le preguntamos por su experiencia personal en Catalunya. Pude comprobar a mi llegada –dice- la situación del catalán y la práctica ausencia de publicaciones en esa lengua. Creo que hacia 1965 apareció el semanal “Tele Estel” y con él tuve mis primeros contactos para intentar entenderla. También por aquella época escuché la primera canción en catalán: “Se’n va anar” (se fue), de Salomé. En 1967 se comenzó a permitir la enseñanza de dicha lengua y me apunté a un curso nocturno de nivel elemental. Mi idea por entonces se circunscribía a ese curso. Como anécdota, el primer libro de Gramática Catalana procedía de Andorra.
Su profesora le animó a continuar, así que hizo tres cursos seguidos, y en el cuarto consiguió el título de profesor. Me cabe el orgullo –añade- de ser el primero en impartir catalán en un colegio de Santa Coloma (por entonces voluntario y fuera del horario escolar).
La situación que describe Luis Cidoncha se fue normalizando a partir del momento en el que la Generalitat cogió las riendas de la educación. Y así fue como llegamos a 1980, año en el que el Instituto de Ciencias de la Educación (ICE) de la Universidad Autónoma de Barcelona le ofreció la posibilidad de impartir a los profesores los cursos de reciclaje. Estuvo impartiéndolos a todos los niveles durante 12 años.
Sin embargo Luis explica que por desgracia, mi admiración comenzó a enfriarse porque consideré que, poco a poco, la situación lingüística se iba pareciendo a la de los años 50-60, pero a la inversa. Desde la 2ª Ley del Catalán (en la que cabe la posibilidad de poner multas) cada vez lo utilizo menos.
Vista aérea de Santa Coloma. A la derecha el Besós. Al fondo Sant Adrià.
Pese a esto, preguntado por su valoración de las diferentes lenguas existentes en España, cree que lo anterior es más que suficiente para demostrar su opinión positiva hacia la riqueza cultural que representa la existencia de no sólo varias lenguas, sino también de fiestas, música y otras manifestaciones. Aprendí también a bailar sardanas –dice Luis- y a contar sus pasos (en cambio, me faltó saber repartirlos). Me apunté como socio en la Unió Excursionista de Catalunya con el fin de ir conociendo la tierra. Pero, por supuesto, siempre sin olvidar mis raíces.

Ha visitado todos los municipios de Extremadura
En todo este tiempo Luis no ha dejado de venir a Extremadura, hasta el punto de haber visitado todos los municipios de la región. Él mismo lo explica así: desde mi marcha, cada año en julio y agosto mientras trabajaba. Desde mi jubilación, de 1 a 3 veces cada año. En ambos casos resido con familiares, excepto las escapadas semanales que he ido haciendo durante más de 9 años (comenzadas en 1984) hasta lograr conocer los 383 municipios extremeños. Obviamente, durante estas escapadas me alojaba en hoteles, hostales, pensiones, según el lugar que elegía como “base de operaciones”.
En 2011 en el dolmen de Lácara
Preguntado por cuál ha sido, a su juicio, la evolución de Extremadura en estos años, comenta que de acuerdo con lo anterior, he podido comprobar esta evolución en primera persona. En general la considero positiva. Sobre todo en lo referente a la mejora de las carreteras. Y, por supuesto, las relaciones sociales.
Volvemos a Catalunya, y en este caso a la relación y comunicación existente entre los extremeños que viven allí. Explica que hacia los años 80 empezaron a proliferar las Casas de Extremadura. La de Santa Coloma se creó en 1986. Inmediatamente ingresó en ella. La relación sólo era entre socios. Por la misma época se creó la Coordinadora de Centros Extremeños en Cataluña, que después se convirtió en la FAEC (Federación de Asociaciones Extremeñas en Cataluña). A partir de entonces las relaciones mejoraron –añade- porque cada año en septiembre esta entidad celebra el Día de Extremadura en Cataluña, cada vez en una población diferente. Se acostumbra a hacer el domingo siguiente al 8 de septiembre, para no coincidir con la celebración en la tierra. Tampoco se celebra el 11, para no coincidir con la “Diada”. Otra concentración  de Casas extremeñas la constituyen las Jornadas Extremeñas de Primavera, celebradas en mayo. En principio también eran itinerantes, pero desde hace unos años se realizan en El Prat del Llobregat. Por otra parte, desde el advenimiento de Internet, la comunicación entre extremeños ha mejorado mucho.

Conocimiento Extremadura-Cataluña
Finalizamos hablando del conocimiento y relación entre sus dos tierras. Piensa que debería realizarse a mayor nivel. Yo aporto mi granito de arena porque colaboro con artículos en la revista anual que edita la Casa Regional Extremeña de Santa Coloma. En ella predominan los relacionados con mi tierra, pero incluyo uno –escrito en bilingüe- para divulgar la cultura local.
Por último nos deja la siguiente reflexión: opino que las relaciones recíprocas serían más fluidas y agradables si no existiera esa coacción derivada de la Ley del Catalán. En la situación actual, de poco me sirve decir a mis paisanos cuando voy por allí que no todos los catalanes son iguales.

sábado, 28 de abril de 2012

A pie por Extremadura con Josep Maria Espinàs


Josep Maria Espinàs
Rebuscando en la biblioteca títulos que respondan al criterio de vinculación entre Extremadura y Catalunya que preside este blog, me topé con A pie por Extremadura, libro de viaje del veterano escritor y periodista Josep Maria Espinàs (Barcelona,1927). 
El libro forma parte de la colección A pie de pipa, en la que el autor recopila una quincena de recorridos por distintos lugares de la Península. Publicado inicialmente en catalán en 2001 en Edicions La Campana, la versión castellana del mismo vio la luz en diciembre de 2005 de la mano de la editorial Edhasa

A pie por Extremadura, que lleva por subtítulo Las Villuercas y Los Ibores, es la crónica de la ruta andando que el autor realizó, en compañía de Sebastià Alquézar e Isabel Martí, por estas dos comarcas cacereñas. Aunque su idea original le habría llevado a Trujillo como epicentro de su viaje extremeño, el propio Espinàs explica que finalmente optó por Las Villuercas y Los Ibores, gracias a los consejos que obtuvo del catedrático de geografía de la Universidad de Extremadura, Antonio Campesino.
Partiendo desde Alía, localidad de los abuelos del que fuera jugador del F.C. Barcelona, Javier Saviola; el recorrido sigue por Guadalupe, Navalvillar de Ibor, Castañar de Ibor, Robledollano, Cabañas del Castillo, Solana, Berzocana y Cañamero. Desde esta última localidad el trayecto circular se cierra volviendo a Guadalupe, a través de la “Ruta de Isabel la Católica”, con su famoso “Melonar de los Frailes”, y después de nuevo hasta Alía. 
Aunque en la última década, la dotación de alojamientos de la zona ha mejorado bastante, en el momento de realizar el viaje el autor y sus acompañantes, en el momento del tránsito entre los dos siglos, aún encontraron alguna dificultad en alguna localidad. Por eso expresan su agradecimiento a las buenas gestiones que hizo para solventarlas Pedro Blanco, de la Asociación para la Promoción y el Desarrollo Rural de la Comarca de Las Villuercas, Ibores, Jara (APRODERVI).
Se trata de una zona de una gran belleza natural, en la que se suceden las sierras y los ríos y regatos, combinándose con las zonas de dehesa. Yo mismo he transitado buena parte de ese itinerario en bicicleta y lo recomiendo sin duda alguna. Eso sí, al ritmo pausado que proporciona el caminar o el pedalear, que permite observar y aprehender las cosas, los aromas, los sonidos, las palabras. Todo lo contrario de la aceleración y la rapidez del coche, que te traslada de un sitio a otro, sin sentir y sin ver.
Al encanto paisajístico de Las Villuercas y Los Ibores, se une el atractivo patrimonial, innegable de enclaves como Guadalupe.
Pero no es ese el enfoque y el objetivo del libro de Espinàs, sino más bien el patrimonio humano, las personas que habitan el territorio y que son, en definitiva, las que le dan sentido.
Y al respecto el autor se cuestiona sobre el hecho de que casi nunca, por no decir jamás, en las informaciones que se editan y se publican sobre cualquier localidad o zona, se hace referencia al pulso vital de sus gentes, a sus personajes anónimos, a las experiencias cotidianas. Dice Espinàs: seguramente podrá encontrarse en algún sitio una descripción válida de la iglesia de Navalvillar de Ibor, de Robledollano, de donde sea, pero ¿sabemos algo de los hombres y mujeres que, durante generaciones, acudías a dichas iglesias? Se diría que no ha existido jamás nadie de carne y hueso, en estos pueblos. Si no ha hecho carrera eclesiástica o militar. A continuación añade que es la existencia de esta gente, que no es más que un número en los informes demográficos, lo que no me ha permitido nunca descansar mucho, por no decir nada, cuando llego a un pueblo, y enseguida necesito salir a la calle, siempre demasiado pronto, cual el sol aún cae con fuerza y esta gente está en su legítimo derecho de quedarse en casa y no querer saber nada del forastero que, vaya usted a saber por qué razón, no para de moverse de aquí para allá.
Con esa premisa el libro desbroza un sinfín de encuentros y conversaciones, de anécdotas y curiosidades, de presencia de catalanes por estas tierras y de extremeños que han estado en Catalunya.
Para cualquiera que conozca los lugares que describe Espinàs, A pie por Extremadura es una buena oportunidad de revivirlos desde una perspectiva probablemente diferente. Y para quien aún no haya tenido la suerte de visitarlos, es una invitación a hacerlo.