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viernes, 18 de mayo de 2012

Catalanes en Extremadura (1763-1872) [y IV]: Los laneros. Los hermanos Calaff.

Cuarta y última entrega del artículo del Catedrático de Historia Moderna de la Universidad de Extremadura, Miguel Ángel Melón, en la que se analiza la presencia de familias catalanas en la ciudad de Cáceres, entre 1763 y 1872. En esta última parte vuelve a aparecer uno de los apellidos que más han quedado vinculados a la ciudad, Calaff, en esta ocasión por sus negocios laneros.


El Lavadero de los Barruecos
El interés de los catalanes por el mercado lanero cacereño se advierte ya al poco de su llegada, si bien como una parte más de sus múltiples tratos, pero no, en principio, como la fundamental. Esto no sucederá hasta la tercera década del siglo XIX en que los hermanos Calaff harán una apuesta definitiva en esta dirección y convertirán el tráfico con lanas en su principal fuente de ingresos, culminando así los tres estadios en torno a los que configuran sus actividades los catalanes en Extremadura. En 1828, tras la separación de Miguel Calaff de la compañía de comercio Viuda de Segura Tomás y Compañía, junto con su hermano José Policarpo compra a la Condesa de Torrearias el Lavadero de los Barruecos -el más importante de los tres que funcionaban en Cáceres-, por valor de 340.000 reales. Por esas fechas, según las informaciones contenidas en el Vecindario de Cáceres de 1828, el total de lanas lavadas ascendía a 50.000 arrobas, la mayor parte de las cuales eran tratadas en el mencionado lavadero.
Aunque no se conservan datos acerca del funcionamiento del lavadero para la primera mitad del siglo XIX, los que conocemos para la segunda permiten establecerlo con claridad y, salvo matices, hacer extensibles algunas de las conclusiones obtenidas para todo el período aquí considerado, desde las formas de aprovisionamiento, hasta el siempre complicado asunto de estimar los costes de producción y el destino final de las remesas de lanas.
Lanas vendidas por Miguel Calaff en 1862
En cuanto a la adquisición de lanas durante el año 1862 -al que aparecen referidos cuantos cálculos se expresan a continuación-, el lavadero se surte de lanas leonesas, finas riberiegas y negras en los esquileos de la jurisdicción de Cáceres, lo que supone el 38,06 % de las 18.415 arrobas que compran los Calaff. En las comarcas meridionales extremeñas los acopios más importantes se realizan en Mérida, Almendralejo, Zafra y Fuente del Maestre, hasta completar el 41,1 %; el 20,8 % restante procede de las Vegas Altas del Guadiana (de Don Benito, principalmente).
Una vez conseguidas las remesas de lanas, cuyos precios variaban en función de su clase y calidad, eran llevadas al lavadero para ser tratadas y, posteriormente, enviadas a diferentes puntos de la geografía nacional y europea.
En el capítulo de gastos, los derivados de la adquisición, esquileo, recogida y transporte representan el 45,0 % y albergan notables diferencias según las zonas de procedencia de las remesas. Las compradas en los esquileos cacereños, en contrapartida a que por ser las de mejor calidad registran los precios más elevados, conllevan unos menores gastos de acarreo; por el contrario, las procedentes de tierras pacenses unen a unos precios más bajos unos desembolsos superiores por comisiones y transporte. El lavado de la lana absorbe el 36,76 % (tratamiento, jornales para mantenimiento de las calderas y embalaje), de donde resulta un coste medio por arroba lavada de 4,1 reales.
Por diversos motivos, relacionados con el hecho de que no a todas las lanas se da salida el año en que se adquieren, en las estimaciones de beneficios se ha de operar con extremada cautela, pero los resultados ponen de manifiesto la importancia del capital que movía una empresa lanera. En el año considerado, el valor de las 18.415 arrobas de lana se eleva a 1.548.251 reales, mientras que las 12.540,5 arrobas que saca al mercado le reportan un total de 1.851.895 realess. Si a la primera partida se añaden los costes de esquileo, transporte y tratamiento de la materia prima (134.529 reales), el valor global del desembolso es de 1.682.780 reales que, deducidos del producto final que recoge la contabilidad (1.863.355 reales), arrojan un saldo líquido de 180.575 reales, a los que vendría a añadirse el producto de las 5.887 arrobas que, ya lavadas, se almacenan para darles salida en posteriores ejercicios. Una primera conclusión que se desprende a partir de todo lo expuesto parece evidente: la rentabilidad que aseguraban estas empresas se encontraba muy por encima de la que proporcionaban otras actividades dominantes en Extremadura hasta entonces, como la explotación de la tierra o la renta inmobiliaria, amén de permitir unos amplios márgenes de beneficio susceptibles de orientarse en otras direcciones. Y todo ello a la vista de que, para entonces, la calidad de estas lanas, con relación a las que durante el primer tercio del siglo salían de Extremadura, era sensiblemente inferior.
Entidades y comerciantes relacionados con Miguel Calaff
La fase final del proceso, concerniente a la comercialización de la lana, permite dibujar con detalle la red de intercambios configurada en torno al mercado lanero extremeño, los puntos de destino de la materia prima y el área de actuación de la empresa de Miguel Calaff. En el exterior, y a diferencia de lo que ocurriera en la primera mitad del siglo, las fábricas de tejidos portuguesas de Covilha acaparan el mayor porcentaje de las arrobas vendidas (el 40,2 %); Inglaterra, por el contrario, ha pasado a ocupar un segundo lugar, pero mantiene operativa la estructura comercial configurada en aquel período. Desde Sevilla, el agente de los Calaff, José María de Ibarra, concierta todas las operaciones con la firma londinense Anselmo de Arroyave y Cía., destinataria en exclusiva del 25,7 % de la lana comercializada. En ambos casos las sacas y saquetas que se remiten son de la clase leonesa, en sucio, pero también lavadas de ganados finos riberiegos y de “piaras”, de menor calidad, esquiladas en el Lavadero de los Barruecos. Por razones que desconozco, el precio final de algunas de estas partidas se multiplica por cuatro con relación al de compra, lo que no ocurre con otras lanas lavadas o en sucio que también se exportan. En Francia es el comerciante Próspero Cartier, de Santa María de Oleron, quien recibe el 11 % del total de lanas vendidas.
En el mercado interior Extremadura absorbe el 19,6 %, sin que se conozca con exactitud el uso que a estas remesas dieran los tratantes cacereños como Jorge Rocandio, vecino de Alcántara, que a buen seguro exportara algunas a través de la frontera portuguesa con destino a Lisboa. Las cantidades vendidas a fabricantes de Béjar suman 350,9 arrobas, mientras que a Cataluña sólo se envían 228,7 arrobas, destinadas a los Señores Vinuesa y Compañía, de Barcelona, y Fontanet Hermanos, de Sabadell. Sin embargo, la firma comercial demuestra un interés creciente por consolidar las relaciones comerciales con los enclaves textiles catalanes, según se desprende del intercambio de correspondencia con los fabricantes de Sabadell. El 29 de enero de 1862, la Fontanet y Hermanos solicita de Miguel Calaff una partida de lanas, a lo que éste responde que “en jugo” no contaba con ninguna existencia y sí con 3.500 lavadas, aunque comprometidas ya con compradores extranjeros. Pero explica que “si bien, por otra parte, suponía yo que a ustedes no les convienen lanas lavadas, porque habiendo hecho el experimento más de una vez con muestras para Cataluña, como me ha sucedido últimamente con 6 sacas que deben hallarse sin vender en casa de los Señores Coll Hermanos y Barba, de Barcelona, he visto ya por experiencia que es mal negocio el envío del lavado”. Ante tal eventualidad, y dado el escaso interés que demuestran los fabricantes catalanes por las lanas lavadas, Calaff les remite 25 sacas, vía Sevilla, incluyendo en ellas lanas de todas clases, “porque es la manera de apreciar mejor el valor de unas pilas llevando vellones, añino, caídas y peladas” y manifestarles de ese modo “una prueba del deseo que me anima en hacer negocios con su respetable casa”.

Consideraciones finales

Fue otro erudito cacereño, Miguel Muñoz de San Pedro, descendiente de una familia de cameranos logroñeses que llegó a Cáceres por la misma época que los catalanes estudiados, quien, para explicar lo efímero de esta burguesía cacereña que se consolida a lo largo del siglo XIX utiliza un argumento, no carente de interés, pero mediatizado sin duda por la traumática experiencia de sus paisanos, los García Carrasco, cuya quiebra sobrevino a mediados de la centuria por una mala jugada en la bolsa madrileña: “En el fondo de todo aquello había, sin duda, en lo económico, algo momentáneo y artificial, porque las bases de las grandes casas señoriales eran sólidas, asentadas en las inmensas dehesas, mientras las de los García Carrasco se sustentaban en operaciones financieras, sujetas siempre a los inestables azares de la fortuna”. De aplicarse el análisis en los términos expuestos exclusivamente, quedarían al margen otras razones cuya influencia en lo limitado del fenómeno que se estudia no debe minusvalorarse.
Cabe destacar, en principio, una muy difícil capacidad de renovación y autoperpetuación del mundo que estos catalanes estaban contribuyendo a construir. Fuera de los pioneros como Juan Busquet, los Segura o los Calaff, escasea entre sus descendientes una preparación para los negocios y un espíritu tan emprededor como el que aquellos habían mostrado. Dejando al margen la escasa apertura de estrategias familiares que promovieron, la tan traída y llevada cuestión de la iniciativa empresarial fue algo que, al contacto con Extremadura, no consiguió arraigar más allá de esa primera generación. En ocasiones por la propia incapacidad demostrada por los herederos de los comerciantes para los negocios, pero sobre todo porque la tierra ofrecía otras alternativas más “tradicionales” que, a corto plazo y con menor asunción de riesgos, procuraban una más que evidente rentabilidad. Y así lo entendieron y pusieron en práctica muy pronto los Segura y los Calaff, si bien esta particularidad iba a poner pronto en evidencia sus límites y contradicciones.
Otra circunstancia, que incide en el mismo sentido de los argumentos expuestos anteriormente, concierne a lo limitado de los recursos que han de disputar y la necesidad de compartirlos con otros individuos llegados a Extremadura en idénticas condiciones y con parecidas inquietudes. La demanda de los productos en que traficaban podía verse incrementada en fases muy concretas, pero el contexto de la economía extremeña del siglo XIX no permitía las potencialidades que en otras partes del territorio nacional se estaban dando. A principios de la década de los treinta, por citar un ejemplo significativo, las aproximadamente 50.000 arrobas que cada año salían de los lavaderos de lanas cacereños, las 25.000 fanegas de cerales, 4.000 arrobas de aceite y 3.000 de vino que producía la capital debían disputárselas, además de con los arrendadores decimales, con las diferentes casas de comercio que existían, y las necesidades consuntivas que deparaba una población de 6.412 habitantes, que ocupaban 1.334 casas de habitación, no daban para muchas alegrías.
Quedaría por abordar, finalmente, siquiera a modo de línea de investigación en la que habrán de incidir futuros estudios, el tema del compromiso político que asumió esta burguesía en tierras extremeñas en el contexto de la crisis del Antiguo Régimen y la Revolución Liberal. De su participación en la vida municipal no faltan las noticias que dan cuenta de cómo José Segura Soler fue elegido concejal de Cáceres en 1812, 1820 y 1833; Miguel Calaff en 1833, 1835 y 1836; Santiago Calaff en 1836; Manuel Segura Ramón, por su parte, asumió la alcaldía en 1836 y Ramón Calaff en 1840. Su actuación, no obstante, iba a verse reducida a este ámbito local, consecuencia probablemente de haber sentido muy cerca la azarosa experiencia vivida por sus convecinos cacereños, la otrora todopoderosa familia García Carrasco, en su intento de traspasar las estrechas barreras de la política provincial y acceder a las esferas de la nacional, coto aquel reservado hasta entonces a las tradicionales oligarquías de campanario extremeñas.

lunes, 14 de mayo de 2012

Catalanes en Extremadura (1763-1872)[III]: Las compañías de comercio


Tercer capítulo en el que hemos dividido el artículo que da nombre a la serie Catalanes en Extremadura (1763-1872), escrito por el Catedrático de Historia Moderna de la Universidad de Extremadura, Miguel Ángel Melón, referido al asentamiento de diversas familias catalanas en la ciudad de Cáceres en las medianías del siglo XVIII. Esta tercera entrega que publicamos hoy está dedicada a las denominadas compañías de comercio.

Varias compañías se instalaron en la Plaza Mayor
La creación de compañías de comercio por parte de los catalanes supone un paso más en su consolidación como grupo, es signo de la prosperidad que experimentaron y testimonio de la diversidad que adquirieron sus negocios. Dichas entidades comienzan a operar en Cáceres a finales del siglo XVIII, pero será durante el primer tercio de la centuria siguiente cuando con mayor profusión desplieguen su actividad comercial. Dado que no es mucha la documentación que de ellas se conserva, la reconstrucción de la historia de estas entidades mercantiles se ha llevado a cabo a través de testimonios indirectos generados, en su mayor parte, por los problemas que se suscitaron en el momento de disolverse. Se llega así a pormenorizar la existencia de once compañías de comercio cuyas fechas de creación o sus integrantes no siempre consiguen determinarse con la precisión que se quisiera. Son las siguientes:
  • José Segura, Hermanos e Hijo
  • José Valentín Segura, Hijos y Compañía
  • Valentín Segura, Hermanos y Sobrinos
  • Juan Segura, Hermanos y Sobrinos (f. s. XVIII-1818)
            - José Segura y Tomás
            - Simón Ferrer y Segura
            - Juan Segura
            - Francisco Segura
  • Fernández Vilanova (1817-1821)
            - Herederos de Antonio Vilanova
            - Casimiro Fernández
  • José Segura, Hermanos y Sobrinos (1818-1822)
            - José Segura y Tomás
            - Juan Ferrer y Segura
            - Simón Ferrer y Segura
            - Josefa Ferrer y Segura
            - Mª. de la Paz Ferrer y Segura
  • Segura Soler, Hermanos y Compañía (1818-1828)
            - Valentín Segura Soler
            - José Segura Soler
            - Isidro Guija
  • Viuda de Segura Tomás y Compañía (1825)
            - Josefa Pujol
            - Miguel Calaff y Ferrer
  • Viuda de Segura Tomás, Hermano e Hijo (1828)
            - Josefa Pujol
            - Roque Pujol
-Miguel Calaff y Ferrer
  • Compañía de comercio de Miguel y José Calaff y Ferrer (1832)
            - Miguel Calaff y Ferrer
            - José Policarpo Calaff y Ferrer
  • Compañía de comercio de Miguel Calaff y Ferrer (m. s. XIX)
            - Miguel Calaff y Ferrer
            - José García Vinuesa
            - Vicente García Olalla

Se trata, en la mayor parte de los casos, de compañías integradas por los primeros catalanes que llegaron a Cáceres y por sus descendientes. No era habitual que dieran entrada en ellas a individuos ajenos al tronco familiar, excepción hecha de la fundada por los herederos de Antonio Vilanova, quienes incorporan al que había sido su cajero, Casimiro Fernández, en atención a “su pericia e inteligencia en el comercio, mediante de haver servido en este destino con el mencionado Don Antonio Vilanova el tiempo de más de doze años, conduciéndose con entera honradez, providad y pureza”. La otra excepción la protagoniza el todopoderoso lanero Miguel Calaff y Ferrer, en cuya empresa figuran como socios durante la segunda mitad del siglo XIX José García Vinuesa y Vicente García Olalla, símbolo de la comunidad de intereses que se había dado entre los individuos procedentes de otras migraciones, también selectivas, como la que tuvo su origen en los Cameros logroñeses.
Estas entidades comerciales traficaban con productos de la tierra y con otros de la más variada procedencia y su radio de actuación raramente se limitaba al siempre constreñido espacio regional. Madrid, Cataluña, Levante, los puertos andaluces, vascos o portugueses eran punto de destino de sus mercancías, pero también lugar de aprovisionamiento de los géneros que exponían en sus tiendas. No obstante, y pese a darse en todas ellas unas características muy similares, en cuanto a composición y funcionamiento, conviene analizarlas por separado para fijar con detalle las peculiaridades de su configuración.

De la primera sociedad mercantil formada por catalanes que recogen noticias fiables los protocolos cacereños es de la denominada Juan Segura, Hermanos y Sobrinos, cuya historia transcurre entre finales del siglo XVIII y 1818, año de su disolución. Como fondo de la sociedad se relacionan la casa número 17 del Portal Llano, en la Plaza Mayor, cinco inmuebles urbanos y parte de otro que se utilizaba como fábrica de jabonería; 546 mrs. de participación repartidos entre las dehesas de las Capellanías, Arenal de Delgadillo y Arenal de Loaísa; una parte del denominado “Olivar de los catalanes”; algunas cabezas de ganado que no se especifican y una casa en Sevilla, la número 19 del sitio denominado del Peladero. Dicho capital pasó ese mismo año a formar parte de otra nueva sociedad, la José Segura, Hermanos y Sobrinos, integrada por José Segura y los hijos de Simón Ferrer y Segura. Su duración se fija en un período de seis años, a contar desde el 1 de enero de 1818, pero al poco de crearse esta sociedad, en 1822, se procedía a su disolución ante los problemas que atravesaba, llegando sus socios a los compromisos que se relacionan a continuación:
1. Para la separación de los fondos de la compañía “dispusieron de común acuerdo no se hicieren balances para saber si había habido utilidades o pérdidas en la Sociedad, tanto por estar todos creídos que probablemente más bien resultarían pérdidas que utilidades, como de no hacerlos se seguía a todos mutua comodidad”.
2. En virtud de dicho acuerdo se convienen en aceptar como pago de sus haberes los géneros de tienda, dinero y ganados que quedasen.
3. Pese a que el capital de los hijos de Simón Ferrer y Segura en 1817 se tasó en 208.560 reales en géneros, fincas y ganados lanares, convinieron recibir de su tío (José Segura y Tomás) y de su hermano (Juan Ferrer y Segura) la cantidad de 146.882 reales en los géneros expresados en el capítulo segundo.
4. Quedarían para Simón, Josefa y María de la Paz Ferrer y Segura las rentas de las casas y fincas percibidas desde el 29 de Junio de 1821, pero también de su cuenta y riesgo correrían las 318 cabezas lanares que pertenecían por entonces a la sociedad. Dicha cabaña continuaría administrada hasta la misma fecha del año siguiente por José Segura y Tomás, quien abonaría a todos los interesados la lana, el queso y las crías que hubiera hasta la partición.
5. Todos se dan por pagados de lo que les correspondía de la sociedad, quedando las deudas a cargo de José Segura y Tomás y de Juan Ferrer y Segura, a no ser que alguna se hubiera originado con los negocios particulares de Simón Ferrer y Segura.
6. Por último, se detallan las propiedades pertenecientes a Simón, Josefa y María de la Paz Ferrer y Segura: cinco casas en la calle de Santa Bárbara y de la Santa Cruz, procedentes de la extinguida compañía de Juan Segura, Hermanos y Sobrinos; la parte de la casa que poseía en Sevilla y las rentas de yerbas que disfrutaban en las mencionadas dehesas cacereñas.

Un año antes del final y del principio, respectivamente, de estas dos sociedades eran los herederos del comerciante catalán Antonio Vilanova quienes, en unión del cajero de su padre, fundaban la Compañía Fernández-Vilanova, según atestigua un protocolo del 26 de noviembre de 1817, con sede en el Portal empedrado de la Plaza Mayor de Cáceres y bajo las siguientes condiciones:
1. El capital inicial de la sociedad ascendía a 75.948 reales y 7 mrs., procedentes de géneros de tienda (72.171 reales y 24 mrs.), valor de los mostradores y estantes (1.455 reales), pesos y romanas (511 reales) y diferentes efectos de la casa (1.810 reales y 17 mrs.).
2. La aportación de Casimiro Fernández y su esposa era de 18.200 reales, a los que venían a añadirse 57.748 reales y 7 mrs. de la menor Josefa Antonia Domínguez Reyes, hija de Manuel Domínguez y Josefa Reyes, esposa ésta en segundas nupcias de Casimiro Fernández y heredera también de Antonio Vilanova.
3. En consideración a que todo el trabajo de la sociedad recaería en Casimiro Fernández, a él corresponderían dos terceras partes de las utilidades y el resto a los herederos de Vilanova. Se dispone que igual proceder se seguiría de haber pérdidas y que todos ellos se mantendrían de los beneficios de la sociedad.
4. Casimiro Fernández se obliga a presentar todos los años el correspondiente balance “para acordar en su vista lo que se crea conveniente para su maior fomento y utilidades”.
5. Si Josefa Antonia Domínguez Reyes falleciera antes de los nueve años, pasaría a formar parte de la entidad hasta su finalización el también comerciante catalán Manuel Busquet.
6. Por ningún motivo podrían extraerse cantidades del fondo social de la compañía por Casimiro Fernández o sus herederos durante los nueve años que especificaba el contrato, y sólo se les autorizaba si lo necesitaban para su manutención o para la adquisición de géneros de comercio, “para que de este modo se vaia aumentando siempre el fondo de dicha sociedad y sean maiores por consiguiente las utilidades”.
7. Al disolverse, cada parte recuperaría sus porciones de capital y las ganancias obtenidas, bien en efectivo o en géneros de tienda y bienes muebles.
 La trayectoria de esta casa de comercio se vería interrumpida de forma brusca con el fallecimiento en 1819 de su principal impulsor, Casimiro Fernández. Las noticias que se conservan sobre el asunto sólo permiten saber que el óbito se debió a una “enfermedad contagiosa” sin determinar y que los rumores sobre el posible contagio de los géneros de tienda se extendieron pronto por Cáceres, hasta el extremo de que la venta de las existencias sólo podría efectuarse después de pasado un tiempo, en secreto y a individuos forasteros. En octubre de 1821 se procedía al finiquito de la sociedad, aceptando para ello unas pérdidas de 7.458 reales y 23 mrs.

Del año 1825 data la creación de la casa de comercio nominada Viuda de Segura Tomás y Compañía, de la que formaron parte inicialmente Josefa Pujol (esposa del difunto José Segura y Tomás), y su yerno, Miguel Calaff y Ferrer. Al fondo social de la entidad pasaron los bienes dejados por Segura y la dote de su esposa. Un tiempo después se admite en ella al hermano de la viuda, Roque Pujol, quien aportó 64.666 reales y 24 mrs., dando origen a la compañía Viuda de Segura Tomás, Hermano e Hijo. A partir de aquí se iniciaron las desavenencias entre los socios hasta culminar con su disolución, ”por motivos que no hay necesidad de referir”, pero que suponemos provocados por la falta de entendimiento entre suegra y yerno. Ha de intervenir entonces el Corregidor de Cáceres y en 1832, al no haberse realizado inventario y partición de los bienes de José Segura, encuentran bastantes dificultades para repartir los créditos y géneros de la tienda, “que tanto varían en especies y cantidades después de pasados algunos años”. Tras mediar tres vecinos de la ciudad, se acuerda inventariar lo existente en 1832 y deducir la dote de la viuda, para de ese modo determinar el valor aproximado de los bienes heredados de José Segura y Tomás y finiquitar la partición.

El 31 de enero de 1828 concluía su andadura la entidad mercantil Segura Soler, Hermanos y Compañía, tras diez años de operar en Cáceres como el segundo centro más reputado en los tratos de lanas y el mercado crediticio. De ella formaban parte los hermanos Valentín y José Segura Soler y, circunstancia poco frecuente según se vio, el también comerciante Isidro Guija. La escritura que refleja su disolución únicamente señala que se llevó a cabo “en razón a estar cumplido el tiempo por que se formó”, pero mucho me temo que en tal decisión pesaran razones de otra índole. El convenio se materializó en torno a estos siete puntos:
1. Quedaba disuelta la compañía desde el último balance, concluido el 1 de agosto de 1827, si bien hasta el 6 de mayo de 1828 no se procedería a su liquidación total.
2. Desde esta última fecha se autorizaba a los socios a emprender libremente cualquier clase de negocio, siempre y cuando no se usaran los fondos de la compañía ni se sirvieran de sus dependientes.
3. Se autorizaba a José Segura Soler a disponer de 15.000 reales anuales y lo que correspondiera proporcionalmente de esta cantidad a Valentín Segura en relación al capital por él aportado.
4. José Segura pasaría a Cataluña y el 6 de mayo de 1828 debía presentarse en Cáceres, por sí o mediante apoderado, para concluir la liquidación de la sociedad y la división de sus bienes. De no hacerlo, se facultaba a la Justicia real ordinaria y a los Jueces de la Real Audiencia de Extremadura para que designaran a las personas que representaran a ambos socios.
5. Como los bienes de la sociedad pertenecían a los dos hermanos, quedaba separado de ella Isidro Guija, previo pago del sueldo que le correspondiera por su trabajo.
6. Se permitía a Valentín Segura y su familia permanecer en la casa tienda de la sociedad, mantenidos del fondo de la misma, pero siendo de su cuenta “calzar, vestir, maestros, diversiones e instrumentos”.
7. Al regreso de José Segura de Cataluña se le abonarían, si no comiera en la casa de la sociedad, seis reales diarios hasta finales de julio de 1828.
Pese a todo lo estipulado, no tardaron en sobrevenir las diferencias entre ambos hermanos, a las cuales quiso permanecer ajeno Isidro Guija por expreso deseo. Se conviene para ello “en separarse absolutamente, como desde ahora se separa, de todos los derechos y acciones que puedan corresponderle en el concepto de tal socio, tanto por las reclamaciones del capital que introdujo en susodicha compañía sin utilidades o pérdidas, como por los salarios y manutención de su mujer y familia, como también lo que por qualquiera otro concepto pueda resultar”. De esta parte del acuerdo sólo consta que lo cumpliera Valentín Segura, previo compromiso de entregarle 7.630 reales en un año. Estas son las últimas noticias que he localizado en Cáceres a propósito de las compañías comerciales formadas por catalanes, tras el vaciado sistemático de los fondos de los escribanos ante los que habitualmente registraban sus escrituras y de cuantos protocolos notariales se conservan hasta mediados del siglo XIX.

viernes, 11 de mayo de 2012

Catalanes en Extremadura (1763-1872) [II]: Los comerciantes


Abordamos la segunda entrega del escrito del Catedrático de Historia Moderna de la Universidad de Extremadura, Miguel Ángel Melón, en la que hace referencia al asentamiento de diversas familias catalanas en la ciudad de Cáceres en las medianías del siglo XVIII. El capítulo que publicamos hoy es el dedicado a los comerciantes.

Se ha de partir de la consideración de que, como hace algún tiempo advirtiera A. García-Baquero, “un comerciante es un concepto vago e indeterminado que encubre un conjunto de actividades económicas muy rico y complejo”, y que su perfil sociológico abarca una amplia gama de posibilidades que va desde, quienes teniendo establecida casa de comercio, exponen en sus anaqueles géneros de la más variada índole y procedencia, hasta aquellos que añaden a sus tráficos los productos agropecuarios e intervienen en los mercados crediticios, de la tierra y de la propiedad inmobiliaria. El comerciante catalán de Cáceres responde, en términos generales y prescindiendo de su condición de fabricante, a la figura del clásico “formigueig” del siglo XVIII descrita por P. Vilar: “comerciante, financiero, arrendatario, industrial, propietario agrícola; ningún terreno parecía estar vedado a la iniciativa de un hombre que con cierto capital disponible, poseía el típico temperamento de empresario”.
Plano de Cáceres en el siglo XVIII
En este sentido, los inventarios post-mortem realizados por los comerciantes catalanes en Cáceres descubren la existencia en el grupo de tres “modelos”, según la composición de sus fortunas y la orientación de sus negocios. El primero, que bien pudiera identificarse con Antonio Vilanova, Juan Busquet o Jaime Ferrer y Segura, define a los comerciantes en géneros de tienda, pero que no dudan en realizar tímidas incursiones en el mercado crediticio y otras más considerables en el de la propiedad inmobiliaria. El segundo, cuyo paradigma encarnarían los Segura Soler, añade a los productos de tienda el comercio de cereales, ganados y lanas, a la par que amplía las bases de los mercados de capitales, bienes raíces e inmuebles urbanos. En el tercer modelo, identificado con Miguel Calaff, se advierte un alejamiento de la diversificación operacional que suponen los ejemplos anteriores para concentrar su atención en el tráfico lanero y las operaciones bancarias, al tiempo que se acentúa su condición de gran propietario de inmuebles urbanos y propiedades rústicas.
Fuera del ámbito local y de los mercados y ferias regionales, tres eran los circuitos de intercambios hacia los que orientaban sus preferencias los catalanes de Cáceres: los puertos andaluces y portugueses del Atlántico, el litoral mediterráneo y los mercados castellanos del interior. De los primeros se servían para dar salida a los productos extremeños -la lana, sobre todo- y para recibir los que desde su tierra de origen y las regiones levantinas les remitían fabricantes y comerciantes de Barcelona, Tarrasa, Igualada, Sabadell o Alcoy, así como los provenientes del mercado colonial. Esto les permitía, según se advierte en las minuciosas relaciones de productos que incorporan a los inventarios, tener bien y puntualmente surtidos sus estantes y trastiendas de toda clase de tejidos y ultramarinos. Madrid, por su parte, adquiría una cuádruple dimensión en la articulación del mercado interior peninsular: allí cristalizaban todos los grandes negocios relacionados con la administración; era el centro bancario por excelencia; generaba su población una demanda de proporciones considerables, y actuaba como punto de redistribución de las más diversas producciones y de encuentro entre mercados aparentemente inconexos. De su condición de proveedores de la administración no quedan huellas en Cáceres, pero sí de su proceder como prestamistas y de sus tráficos en ganados y cereales remitidos a ese ente cambiante y multiforme en que se estaba convirtiendo la capital del reino.
Hacia dónde orientan los capitales obtenidos de sus tráficos mercantiles; qué estrategias inversoras realizan y cómo van dando forma a sus patrimonios, son cuestiones a las que se pretende dar respuesta mediante el análisis pormenorizado de los inventarios de cuatro significados representantes de la diáspora comercial catalana que acoge Extremadura.
Inventario de dos comerciantes catalanes de Cáceres. Valor en reales.
Es relativamente temprano el interés de los catalanes por el mercado inmobiliario; prueba de ello fue su febril aplicación como adquirentes de inmuebles y la construcción en Cáceres de barriadas enteras a las que dieron sus nombres y que se conservan aún en la actualidad (Barrio de Busquet, Barrio y Calle de Calaff). Interés que se vería favorecido por unas condiciones muy concretas, referidas al incremento paulatino de los precios de los alquileres y a la flexibilidad legislativa vigente en la capital en materia de arrendamientos urbanos. Dicha tendencia se acrecentará a medida que avance el siglo XIX y coincidirá, por otro lado, con la expresada por otras burguesías decimonónicas peninsulares.
Respecto a las propiedades rústicas, sus valores se sitúan muy por debajo de los inmuebles urbanos y sólo las de Valentín Segura constituyen una excepción a este aserto, resultado de incluirse en el total el valor de algunas fincas que aún poseía en tierras catalanas. De ellas -como no podía ser de otra forma- las participaciones en dehesas o su adquisición en redondo, junto con los olivares, centran su atención. Se trata de propiedades compradas a lo largo de cuatro períodos muy concretos y que coinciden con las desamortizaciones de Godoy y Mendizábal, la Guerra de la Independencia y el Trienio Liberal. En un segundo plano se encontrarían las viñas, tierras de sembradura y huertas, de las cuales se extraían unas producciones cuyo destino serían sus casas y ganados, pero también los abastos de la capital y de otros puntos más alejados. Es así como, al morir Valentín Segura, los herederos computan en el cuerpo de sus bienes la siembra de 147 fanegas de trigo en diferentes tierras de pan llevar, 148 de cebada, 70 de avena, 19 de centeno, 2 de cebada blanca y 6 de centeno para forraje; a ellas venían a sumarse 1.606 fanegas de trigo, 1.223,5 de cebada, 8 de centeno y 12 de habas, almacenadas o distribuidas entre las panaderas de Cáceres. Bastantes años después, la relación de bienes de Miguel Calaff y Ferrer incluye 592 fanegas de trigo, 300 de cebada, 481 de avena, 86 de centeno, 700 arrobas de aceite y otras 200 de vino.
Como parte complementaria de sus haciendas y tratos se consideran los bienes semovientes, cuya aparición en los inventarios acapara casi en exclusiva Valentín Segura, dado que los valores que refiere el de Miguel Calaff se limitan a la evaluación del ganado mular para el transporte. El primero era propietario de un rebaño lanar formado por 110 carneros padres, 750 borros y 1.196 ovejas de vientre, con sus correspondientes aperos de majada; para la labor de sus tierras contaba con 26 bueyes y para el transporte de sus mercancías con 28 caballerías mayores. Las dimensiones de su cabaña ovina pueden resultar pequeñas si se comparan con las de otros ricos laneros cacereños como los García Carrasco, quienes en su época de máximo esplendor llegaron a contar con algo más de 21.000 cabezas, pero son testimonio de la diversificación que paulatinamente iban dando los catalanes a sus economías y de la creciente acomodación que de sus prácticas habituales estaban realizando al entorno geográfico y económico en que se encontraban.
La solvencia de estos comerciantes y de las compañías de comercio que regentaban les convirtió pronto en auténticos banqueros que obtuvieron crecidos beneficios del mercado crediticio en los momentos críticos por los que atravesó la economía extremeña y nacional durante el siglo XIX. Nobles venidos a menos, ganaderos serranos endeudados como consecuencia de la crisis de las explotaciones trashumantes durante el primer tercio del siglo XIX, banqueros o comerciantes arruinados y gentes del común iban a ser sus principales clientes y a generarles una saneada fuente de ingresos cuya importancia se acrecentaría a medida que transcurría la centuria. Las diferencias en esta materia entre el cuerpo de deudas reconocido por los sucesores de Antonio Vilanova, Valentín Segura y Miguel Calaff son enormemente significativas. El inventario del primero reconoce haber concedido créditos por valor de 27.238 reales, repartidos del siguiente modo: 2.798 reales en deudas “de más fácil y probable cobranza”, 5.519 reales en deudas “de más difícil cobranza, y 18.921 reales en deudas “incobrables o fallidas”. Valentín Segura, por su parte, además de expresar mayor seguridad en cuanto al cobro de los capitales prestados, cuenta entre sus deudores a vecinos de varias localidades altoextremeñas y de Cáceres, a los que se añadirían los créditos que su sociedad había otorgado a vecinos y comerciantes de Madrid, Andalucía y Levante, o procedían de sus relaciones comerciales con industriales catalanes como Gali y Viñals, José Mauri (de Tarrasa), y Gabriel y Ramón Castells (de Igualada). Calaff, finalmente, ha llegado a crear una compleja red de intercambios en la que se entremezclan casas de comercio y de banca de Madrid, comerciantes andaluces y catalanes, laneros y ganaderos trashumantes de Extremadura y Castilla, vecinos de Cáceres y sus pueblos comarcanos y fabricantes de núcleos textiles como Torrejoncillo o Covilha (Portugal).